lunes, 20 de enero de 2014

Un músico callejero...


¿Recordáis vuestra primera vez?¿Fue idílica?¿pasional?¿placentera? o, por el contrario ¿decepcionante?¿vergonzante? o ¿sin pena ni gloria?.

En mi adolescencia nunca idealicé lo que podría ser mi primera vez. Era un paso que en el algún momento sabía que tenía que pasar pero no me ensoñé de manera románica con ese momento y, menos mal, porque mi primera vez fue todo menos bucólica.

En aspectos relacionados con el sexo y los hombres, yo he tenido un despertar tardío. Mi primer beso, mi primer magreo, mi primer polvo, todas esas situaciones las he vivido ya con cierta madurez, en función del momento.

Pero centrémonos en aquella primera vez. Tenía 21 años y él 19. Yo estudiante de periodismo y él estudiante de música y músico callejero. De hecho durante varios meses, previos a nuestro affaire, le tomé bastante manía. Se encargaba de martirizarme todas las mañanas de los fines de semana a tocar la viola, violín de mayor tamaño, en la puerta de mi casa. No me estaba cortejando, conocernos fue casualidad, simplemente aprovechaba esas horas que tenía que practicar para sacarse un dinero extra.

Yo estudiaba en Salamanca, ciudad universitaria por excelencia. En esos primeros años del movimiento Erasmus era una de las ciudades más receptoras de estudiantes extranjeros y una pareja británica alquiló el piso de encima de mi casa. Tras unos meses de convivencia, celebraron una fiesta de despedida a punto de finalizar el curso, al que fuimos invitados Ernest y yo. La verdad es que pese a la manía que le había cogido por sus conciertos matinales había que reconocer que era guapo. De madre cubana y de padre alemán, Ernest tenía la piel aceitunada del mulato pero la hechura y físico de sus raíces germanas. Y una amplia sonrisa que escondía cierto misterio.

Todos los derecho reservados por Peter Gutierrez

Durante toda la cena estuvimos hablando y metiéndonos el uno don el otro. Había química y eso se notaba, por ello nadie se extrañó cuando se dispersó el grupo y él optó por acompañarme a dónde estaban mis amigas. Cuando aparecí con Ernest, enseguida se dieron cuenta de que algo había entre los dos, sin que hasta ese momento hubiera habido gesto alguno ni por mi parte, ni por la suya, pero era más que evidente. Por eso, cuando él se pidió un Bayleys, una a una fueron bebiendo de su copa, previo un sensual “me dejas probar” y al puro estilo del anuncio de la época, hasta que llego mi turno y, paralizada y acorralada como me encontré, pedí mi propio Bayleys.

Ernest me gustaba pero no estaba muy segura de mi atracción hacia él hasta que, abandonando a mis amigas, nos fuimos a bailar. Madre mía…. Es cierto, los cubanos, los negros, los mulatos, son una raza privilegiada y sienten la música en su interior de tal manera que bailar con ellos es una autentica delicia. Ahí sí que me sedujo, su movimiento, su manera de sujetarme, cómo acompasaba sus movimientos con mi cuerpo… Increíble. Han pasado cerca de 18 años y todavía me estremezco al recordar aquel baile en un antro de mala muerte en el que nunca se me habría ocurrido entrar.

Agotados de tanto meneo, y siendo ya de madrugada, me acompañó a casa y con la excusa de ver una película porque la banda sonora era de un músico muy prestigioso, le invité a entrar.

Yo estaba cansadísima, pero no me importó en absoluto poner la película en cuestión y seguir en su compañía. A los cinco minutos me quedé dormida y me desperté cuando note sus manos dentro de mi sujetador. Lejos de sentirme ultrajada o algo por el estilo y pararle, me uní animosamente a la fiesta que él había iniciado y comenzamos a liarnos. Hasta ese momento no había pasado a “mayores” con ningún chico pero no me importó traspasar la frontera con ese mulato, músico callejero que me había hecho pasar una gran noche. Lo que no me esperaba fue mi reacción física. Fiel a la leyenda urbana que existe sobre las razas, cuando dio el empujón certero, sentí un estremecimiento nada placentero y di un respingó, que lo tiré de la cama. Me dio tanta vergüenza que corrí al baño a esconderme. No sé porque pero no quería admitir ante él que era mi primera vez y era tan evidente que hasta el pobre, al otro lado de la puerta, me intentaba consolar diciéndome que para él también era la primera vez, cosa que siempre he dudado, la verdad.


Logré rehacerme y salir del baño, pero la magia se había esfumado. Aún nos quedamos un rato abrazados, hablando, y esperando que se hiciera de día, momento en el que Ernest se fue a su casa.

Nunca más volvimos a acostarnos, ni tan siquiera a mantener una conversación y en las pocas ocasiones que coincidimos, porque al año siguiente él se fue a estudiar a una prestigiosa academia de música en Suiza, una sincera sonrisa asomaba en nuestros rostros, saludándonos con timidez sin que los que estuvieran a nuestro alrededor pudieran sospechar que él había sido el primer chico con el que me había acostado.

En recuerdo de aquella historia y de mi músico callejero, os recomendaré la película de Tim Burton 1990, Eduardo Manostijeras, interpretada por Johnny Depp y Wnnona Ryder, y banda sonora de Danny Elfman.



Os espero la semana que viene, con más historias

Besos


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6 comentarios:

  1. Aaaay esos bailes!! Jajaja, me ha encantado la historia!!!
    Un besazo!
    “BeTrench"

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  2. bonito post ! :)

    saralookbook.blogspot.com

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  3. Me encantan los lunes desde que te descubrí guapa, no cambies nunca.

    Un besote!!

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  4. Muy interesante tus historias!!!!
    Dekuero Creaciones

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  5. Muy interesante tus historias!!!!
    Dekuero Creaciones

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  6. Pedzo de historia!!! Las primeras veces suelen ser siempre complicadas, ya tengas 17, 18 o 20! Y más con un medio cubano!!! jajaja Vaya susto! me encantan tus historias y como enganchas con tu forma de contarlas, eres una crack!!!
    Un besazooooooooooooo

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